La
intensa lluvia caía despacio sobre mi rostro evitando así reflejar mis
lágrimas, empezaba a empapar mi largo cabello y sobretodo aclaraba mis ideas.
Me senté en un banco de cemento frente a la pequeña puerta de aquel sitio tan
poco hogareño, desde allí podía ver la caja de madera donde estaba él descansando
eternamente.
El agua seguía cayendo sobre mi piel, cerré los ojos
y ahí estaba él mirándome en aquella fría cama de hospital, con esos tubos en
su nariz, con delgados cables sobre su
pecho conectados a aquellas agudas máquinas que mostraban sus constantes.
—Ven —susurró
ayudándose de un pequeño gesto con su delgada y arrugada mano.
—Dime abuelo —dije
sonriéndole y acercándome a él, consiguiendo tomar su mano y acariciarle su
pequeña frente.
—Cuida de… ella
—intentó decirme con aquella voz quebrada por el cáncer.
—La cuidaré —Apreté su
mano a la vez que le daba un pequeño y suave beso en la mejilla—. Te quiero.
Abrí los ojos y vi una mano que sujetaba con fuerza
la mía, miré al lado donde suponía que estaría su dueño y vi a aquel chico que
tanto me había apoyado siempre, sonreía. La fría lluvia también caía sobre él
mojando su camiseta favorita de Asking
Alexandria que llevaba a todas partes. Observé sus castaños ojos y me perdí
en ellos, intentando dejar de sollozar. De pronto, sus brazos me rodearon y yo
simplemente me protegí de aquella tormenta en sus brazos.
—Tranquila, estoy aquí.
—Me apretó más fuerte en ese abrazo que ya me calmaba—. Sé que ahora duele, que
lo echas de menos y que es duro pero eres la chica más fuerte que conozco y sé que
esto te hará a un más fuerte.
—Gracias Manu — susurré
mientras él seguía tratando de consolarme. Me reconfortaba tenerlo allí
demostrándome una vez más que aunque
nuestra amistad estuviera pasando un mal momento, siempre en los días más duros
estábamos juntos.
—Ahora estará en
aquella estrella que te regaló cuando eras pequeña, y estará disfrutando de
ella, haciéndola más brillante de lo que
era antes —susurró. Y me acomodé en aquel abrazo que podía con todo, que me
reconfortaba y que él gustosamente me
seguía dando. Me dejé dormir en él,
dejándome acariciar el pelo revuelto por la leve lluvia que la tormenta
nos regalaba.
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