Después
de entrar en aquel sitio tan extrañamente puro, me sentía nervioso. Me dirigí
hacia la pequeña entrada de puerta blanca que la recepcionista me había
indicado anteriormente y me deshice de mi ropa, para adentrarme en aquel
bañador ajustado y aquel gorro poco favorecedor. Seguí las instrucciones de una de las
azafatas y tras adentrarme en aquella habitación a la que me dirigió, el olor a
cloro, humedad y velas de canela me inundó. Me sumergí dentro de la piscina más
caliente que encontré, el agua dilataba todo mis músculos, los relajaba, cerré
los ojos para intentar dejar la mente en blanco… Pero no podía, los recuerdos
de la noche pasada invadían mi mente.
—¡Muchas felicidades! Son unas fotos
maravillosas —dijo aquella mujer que apenas conocía pero que parecía asombrada
con mi trabajo.
—Muchas gracias, me alegra que le guste
—contesté un tanto cortado. Me revolví un poco el pelo, intentaba disfrutar del
momento pero no podía, algo no me estaba haciendo disfrutar de aquel momento,
de aquella exposición que justamente era mía. Al fin lo había conseguido, mi
éxito profesional pero ¿por qué me
sentía tan vacío estando rodeado de tanta gente?
—¡Hey Lucas! Cambia esa cara que parece
que estés en un funeral en lugar de tu gran noche. —Me dijo José mientras me
daba un gran abrazo.
—Gracias por haber venido guapetón
—pronuncié guiñándole un ojo.
—¿Qué tal llevas el éxito estimado
famosete? Aunque, ahora que lo pienso debería llamarte Don Lucas Herrera Báez
tal y como te llaman en la prensa.
—Jaja… muy chistoso tú. Pues ya ves, no
me acostumbro a ver tanta gente contemplando mis cuadros. Es extraño, antes
apenas compartía las instantáneas que hacía, y ahora están por todas partes, en
miles de revistas y concretamente en una galería a tamaño gigante.
—Bueno Luquitas, ya sabes que te lo
mereces. Has tenido que luchar mucho para llegar hasta aquí. —Al escucharle, mi
expresión cambió y mis ojos reflejaron mi tristeza. Al darse cuenta, José me
miró fijamente, esbozó una sonrisa y siguió su pequeño discurso—. Me alegra que
estés viviendo por fin tu sueño y aunque es una pena que tu familia no lo
contemple, ya sabes que nosotros, tus amigos, somos tu familia.
—A veces deseo que vean mi éxito, que
dejen de lado sus prejuicios, y miren la persona en la que me he convertido.
—Tal vez hayan cambiado. Llevas mucho
tiempo sin saber de ellos ¿Cuánto tiempo ha pasado ya desde que te fuiste?
—Pues veinte años. Y sigo sin entender
como dejaron que un niño de dieciséis años que estaba descubriendo su
sexualidad se fuera de casa sin ningún sitio al que ir. Aunque supongo que para
ellos fue mejor mi desaparición porque “como iban a tener a un hijo gay en un
pueblo tan pequeño como aquel”
—Lo que más me sorprende es que ninguno
de tus hermanos haya preguntado por ti
—Supongo que apenas se acordarán de mí,
yo era el mayor y mi hermana tenía catorce años y mi hermano pequeño trece, yo
apenas me acuerdo de lo vivido en esos años.
—Bueno, es cierto, pero aún así ya sabes
que creo que deberías contactar al menos con tus hermanos, ellos no tienen nada
que ver con lo que tus padres dijeron e hicieron.
—Dirás con lo que apenas hicieron.
Abrí los ojos, con el vapor del agua
apenas podía ver, parecía una metáfora de lo que había recordado, todo
borrascoso y sin sentido. Me revolví un poco en el agua y nadé hasta un sitio
más burbujeante todavía. Me senté en aquella silla debajo del agua y de nuevo
el agua caliente hizo efecto en mis músculos, pero esta vez sí pude relajarme.
No sé cuánto tiempo pasé debajo de aquellas burbujas con vistas borrascosas, aunque
la verdad es que me daba igual, solo pretendía dejar mi mente en blanco durante
un par de minutos. Un pequeño roce en mi brazo me indicó que alguien estaba
sentado a mi lado. Apenas podía ver su revoloteada mirada oscura. Intenté
deshacerme de aquel roce, alejando mi brazo del suyo, pero él parecía acercarse
más y más, hasta que sentí un nuevo roce. Era intenso. Tanto que entre nosotros
corrió una electricidad que nos hizo prolongar ese roce a una caricia, y de una
caricia a un abrazo de nuestros cuerpos.
—Este sitio es muy relajante y morboso a
la vez, ¿no crees? —dijo la voz ronca proveniente de la mirada oscura.
—Es muy relajante, es cierto —dije
cortante, intentando evitar una conversación con él.
—Así que eres un chico tímido. Bueno,
pues hablaré yo —Esbozó una sonrisa un tanto picarona y prosiguió con su
discurso—. A ver… ¿Qué es lo que te tiene tan agobiado como para venir a un
spa? Tienes cara de no haber venido nunca a uno y eso no solo me lo dice tu
gorro al revés.
—Vaya, eres muy observador. Vengo porque
me lo han recomendado.
—Entonces es que estás intentando
olvidar a alguien. Tal vez ¿una novia? —preguntó intentando averiguar la
respuesta en mi mirada perdida.
—Ha fallado usted señorito observador,
ninguna novia. —Ni siquiera sé porque conteste eso.
—Entonces… ¿un novio? —dijo sonriente
—Vuelve usted a fallar
—Vaya, pues ya tu mirada no me dice nada
más. Tendré que escuchar a tu corazón. —pronunció cada vez más bajito mientras
se iba acercando a mí. Apoyó su cabeza sobre el bello de mi pecho desnudo.
—¿Qué haces? —pregunté asombrado por las
confianzas que aquel individuo se estaba tomando conmigo
—Shhh… calla estoy hablando con tu
corazón. —Sin duda era guapo. Tenía un cuerpo definido y bien musculado. Aquel
gorro poco favorecedor dejaba escapar algún que otro mechón de su rubio pelo.
—¿Y qué te dice?
—Pues me dice que estás buscando el
amor. —Y sin dudarlo, levantó la cabeza y comenzó a darme un tierno beso en los
labios. Poco a poco el beso fue más intenso, más apasionado. Aunque yo seguía
confuso por la situación, la corriente eléctrica que sentía al tocarle no me
dejaba pensar lo que estaba pasando. El agua nos envolvía y mientras nosotros abrazábamos
nuestros labios. Tenía sed de él, sed de aquel misterioso chico, sin pelos en
la lengua al que acababa de conocer y que sin duda, tenía ganas de seguir
conociendo.
Su mano se dirigió hacia mi pequeño y
apretado bañador, mi cuerpo sucumbía a sus caricias. Trasteé con mis manos
hasta que me deshice de aquel gorro que no dejaba ver su larga melena rubia.
Nuestros cuerpos palpitaban, estábamos sucumbidos a nuestras caricias, a
nuestro beso infinito. Sus caricias, cada vez más profundas dentro de mi
bañador, no me saciaban, tenía hambre, hambre de su cuerpo de sucumbir a él y
eso hicimos… La sangre corría alborotada por mis venas, igual que cuando
degustas tu plato favorito o incluso más. La adrenalina subía, y eso nos
gustaba, era como correr sin cansarte, como vivir sin saber que puedes morir, como
volar sin tener alas. Disfrutábamos sin límites.
Aquella agua que nos acariciaba estaba
cada vez más caliente tal vez por el calor desprendido entre nuestros cuerpos.
Hasta el aroma de aquel sitio había cambiado, ahora olía a canela, cloro y
sexo.
Y con el silencio de nuestras
respiraciones entrecortadas y nuestros gemidos, vino el ruido de una puerta abriéndose,
unos pasos que se acercaban fuertes y unas
voces que anunciaban la visita de más acompañantes, ya no estábamos solos. Nos
separamos al instante, sus labios levemente sonrojados me sonreían. No dejó de
mirarme mientras volvía a su sitio, cuando lo hizo no nos rozamos sino que
simplemente nos dimos la mano bajo el agua, expectantes ante el recorrido que
hacían los invitados que nos habían interrumpido antes de acabar.
—Aún no me has dicho cómo te llamas
—susurré aún excitado.
—Daniel Herrera Báez. —Mi cara quebró al
instante, era él, el niño al que no veía desde hacía más de veinte años. Era mi
hermano.