viernes, 3 de junio de 2016

Aquella fría lluvia


La intensa lluvia caía despacio sobre mi rostro evitando así reflejar mis lágrimas, empezaba a empapar mi largo cabello y sobretodo aclaraba mis ideas. Me senté en un banco de cemento frente a la pequeña puerta de aquel sitio tan poco hogareño, desde allí podía ver la caja de madera donde estaba él descansando eternamente.
El agua seguía cayendo sobre mi piel, cerré los ojos y ahí estaba él mirándome en aquella fría cama de hospital, con esos tubos en su nariz, con  delgados cables sobre su pecho conectados a aquellas agudas máquinas que mostraban sus constantes.
—Ven —susurró ayudándose de un pequeño gesto con su delgada y arrugada mano.
—Dime abuelo —dije sonriéndole y acercándome a él, consiguiendo tomar su mano y acariciarle su pequeña frente.
—Cuida de… ella —intentó decirme con aquella voz quebrada por el cáncer.
—La cuidaré —Apreté su mano a la vez que le daba un pequeño y suave beso en la mejilla—. Te quiero.
Abrí los ojos y vi una mano que sujetaba con fuerza la mía, miré al lado donde suponía que estaría su dueño y vi a aquel chico que tanto me había apoyado siempre, sonreía. La fría lluvia también caía sobre él mojando su camiseta favorita de Asking Alexandria que llevaba a todas partes. Observé sus castaños ojos y me perdí en ellos, intentando dejar de sollozar. De pronto, sus brazos me rodearon y yo simplemente me protegí de aquella tormenta en sus brazos.
—Tranquila, estoy aquí. —Me apretó más fuerte en ese abrazo que ya me calmaba—. Sé que ahora duele, que lo echas de menos y que es duro pero eres la chica más fuerte que conozco y sé que esto te hará a un más fuerte.
—Gracias Manu — susurré mientras él seguía tratando de consolarme. Me reconfortaba tenerlo allí demostrándome una vez más que  aunque nuestra amistad estuviera pasando un mal momento, siempre en los días más duros estábamos juntos.

—Ahora estará en aquella estrella que te regaló cuando eras pequeña, y estará disfrutando de ella,  haciéndola más brillante de lo que era antes —susurró. Y me acomodé en aquel abrazo que podía con todo, que me reconfortaba y  que él gustosamente me seguía dando. Me dejé dormir en él,  dejándome acariciar el pelo revuelto por la leve lluvia que la tormenta nos regalaba.

Interludio



Después de entrar en aquel sitio tan extrañamente puro, me sentía nervioso. Me dirigí hacia la pequeña entrada de puerta blanca que la recepcionista me había indicado anteriormente y me deshice de mi ropa, para adentrarme en aquel bañador ajustado y aquel gorro poco favorecedor.  Seguí las instrucciones de una de las azafatas y tras adentrarme en aquella habitación a la que me dirigió, el olor a cloro, humedad y velas de canela me inundó. Me sumergí dentro de la piscina más caliente que encontré, el agua dilataba todo mis músculos, los relajaba, cerré los ojos para intentar dejar la mente en blanco… Pero no podía, los recuerdos de la noche pasada invadían mi mente.

—¡Muchas felicidades! Son unas fotos maravillosas —dijo aquella mujer que apenas conocía pero que parecía asombrada con mi trabajo.
—Muchas gracias, me alegra que le guste —contesté un tanto cortado. Me revolví un poco el pelo, intentaba disfrutar del momento pero no podía, algo no me estaba haciendo disfrutar de aquel momento, de aquella exposición que justamente era mía. Al fin lo había conseguido, mi éxito profesional pero ¿por qué  me sentía tan vacío estando rodeado de tanta gente?
—¡Hey Lucas! Cambia esa cara que parece que estés en un funeral en lugar de tu gran noche. —Me dijo José mientras me daba un gran abrazo.
—Gracias por haber venido guapetón —pronuncié guiñándole un ojo.
—¿Qué tal llevas el éxito estimado famosete? Aunque, ahora que lo pienso debería llamarte Don Lucas Herrera Báez tal y como te llaman en la prensa.
—Jaja… muy chistoso tú. Pues ya ves, no me acostumbro a ver tanta gente contemplando mis cuadros. Es extraño, antes apenas compartía las instantáneas que hacía, y ahora están por todas partes, en miles de revistas y concretamente en una galería a tamaño gigante.
—Bueno Luquitas, ya sabes que te lo mereces. Has tenido que luchar mucho para llegar hasta aquí. —Al escucharle, mi expresión cambió y mis ojos reflejaron mi tristeza. Al darse cuenta, José me miró fijamente, esbozó una sonrisa y siguió su pequeño discurso—. Me alegra que estés viviendo por fin tu sueño y aunque es una pena que tu familia no lo contemple, ya sabes que nosotros, tus amigos, somos tu familia.
—A veces deseo que vean mi éxito, que dejen de lado sus prejuicios, y miren la persona en la que me he convertido.
—Tal vez hayan cambiado. Llevas mucho tiempo sin saber de ellos ¿Cuánto tiempo ha pasado ya desde que te fuiste?
—Pues veinte años. Y sigo sin entender como dejaron que un niño de dieciséis años que estaba descubriendo su sexualidad se fuera de casa sin ningún sitio al que ir. Aunque supongo que para ellos fue mejor mi desaparición porque “como iban a tener a un hijo gay en un pueblo tan pequeño como aquel”
—Lo que más me sorprende es que ninguno de tus hermanos haya preguntado por ti
—Supongo que apenas se acordarán de mí, yo era el mayor y mi hermana tenía catorce años y mi hermano pequeño trece, yo apenas me acuerdo de lo vivido en esos años.
—Bueno, es cierto, pero aún así ya sabes que creo que deberías contactar al menos con tus hermanos, ellos no tienen nada que ver con lo que tus padres dijeron e hicieron.
—Dirás con lo que apenas hicieron.


Abrí los ojos, con el vapor del agua apenas podía ver, parecía una metáfora de lo que había recordado, todo borrascoso y sin sentido. Me revolví un poco en el agua y nadé hasta un sitio más burbujeante todavía. Me senté en aquella silla debajo del agua y de nuevo el agua caliente hizo efecto en mis músculos, pero esta vez sí pude relajarme. No sé cuánto tiempo pasé debajo de aquellas burbujas con vistas borrascosas, aunque la verdad es que me daba igual, solo pretendía dejar mi mente en blanco durante un par de minutos. Un pequeño roce en mi brazo me indicó que alguien estaba sentado a mi lado. Apenas podía ver su revoloteada mirada oscura. Intenté deshacerme de aquel roce, alejando mi brazo del suyo, pero él parecía acercarse más y más, hasta que sentí un nuevo roce. Era intenso. Tanto que entre nosotros corrió una electricidad que nos hizo prolongar ese roce a una caricia, y de una caricia a un abrazo de nuestros cuerpos.
—Este sitio es muy relajante y morboso a la vez, ¿no crees? —dijo la voz ronca proveniente de la mirada oscura.
—Es muy relajante, es cierto —dije cortante, intentando evitar una conversación con él.
—Así que eres un chico tímido. Bueno, pues hablaré yo —Esbozó una sonrisa un tanto picarona y prosiguió con su discurso—. A ver… ¿Qué es lo que te tiene tan agobiado como para venir a un spa? Tienes cara de no haber venido nunca a uno y eso no solo me lo dice tu gorro al revés.
—Vaya, eres muy observador. Vengo porque me lo han recomendado.
—Entonces es que estás intentando olvidar a alguien. Tal vez ¿una novia? —preguntó intentando averiguar la respuesta en mi mirada perdida.
—Ha fallado usted señorito observador, ninguna novia. —Ni siquiera sé porque conteste eso.
—Entonces… ¿un novio? —dijo sonriente
—Vuelve usted a fallar
—Vaya, pues ya tu mirada no me dice nada más. Tendré que escuchar a tu corazón. —pronunció cada vez más bajito mientras se iba acercando a mí. Apoyó su cabeza sobre el bello de mi pecho desnudo.
—¿Qué haces? —pregunté asombrado por las confianzas que aquel individuo se estaba tomando conmigo
—Shhh… calla estoy hablando con tu corazón. —Sin duda era guapo. Tenía un cuerpo definido y bien musculado. Aquel gorro poco favorecedor dejaba escapar algún que otro mechón de su rubio pelo.
—¿Y qué te dice?
—Pues me dice que estás buscando el amor. —Y sin dudarlo, levantó la cabeza y comenzó a darme un tierno beso en los labios. Poco a poco el beso fue más intenso, más apasionado. Aunque yo seguía confuso por la situación, la corriente eléctrica que sentía al tocarle no me dejaba pensar lo que estaba pasando. El agua nos envolvía y mientras nosotros abrazábamos nuestros labios. Tenía sed de él, sed de aquel misterioso chico, sin pelos en la lengua al que acababa de conocer y que sin duda, tenía ganas de seguir conociendo.
Su mano se dirigió hacia mi pequeño y apretado bañador, mi cuerpo sucumbía a sus caricias. Trasteé con mis manos hasta que me deshice de aquel gorro que no dejaba ver su larga melena rubia. Nuestros cuerpos palpitaban, estábamos sucumbidos a nuestras caricias, a nuestro beso infinito. Sus caricias, cada vez más profundas dentro de mi bañador, no me saciaban, tenía hambre, hambre de su cuerpo de sucumbir a él y eso hicimos… La sangre corría alborotada por mis venas, igual que cuando degustas tu plato favorito o incluso más. La adrenalina subía, y eso nos gustaba, era como correr sin cansarte, como vivir sin saber que puedes morir, como volar sin tener alas. Disfrutábamos sin límites.
Aquella agua que nos acariciaba estaba cada vez más caliente tal vez por el calor desprendido entre nuestros cuerpos. Hasta el aroma de aquel sitio había cambiado, ahora olía a canela, cloro y sexo.
Y con el silencio de nuestras respiraciones entrecortadas y nuestros gemidos, vino el ruido de una puerta abriéndose, unos pasos que se acercaban fuertes y  unas voces que anunciaban la visita de más acompañantes, ya no estábamos solos. Nos separamos al instante, sus labios  levemente sonrojados me sonreían. No dejó de mirarme mientras volvía a su sitio, cuando lo hizo no nos rozamos sino que simplemente nos dimos la mano bajo el agua, expectantes ante el recorrido que hacían los invitados que nos habían interrumpido antes de acabar.
—Aún no me has dicho cómo te llamas —susurré aún excitado.
—Daniel Herrera Báez. —Mi cara quebró al instante, era él, el niño al que no veía desde hacía más de veinte años. Era mi hermano.